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Cuando se expandió la red de telecomunicaciones digitales a nivel mundial, se hizo con las lógicas de las anteriores redes: conectar a los países del Norte global y a los centros urbanos. Los cables submarinos de Internet siguen los mismos patrones que los cables de telégrafo o, incluso, que los flujos financieros. La red global de Internet está concentrada geográficamente y también económicamente. Las grandes tecnológicas están privatizando la infraestructura en todos los niveles: despliegan cables submarinos de fibra óptica, acaparan los puntos neutros (Internet Exchange Points) que optimizan el tráfico entre redes, instalan potentes centros de datos, incluso están incursionando en la última milla como proveedores de conexión a Internet.

La concentración también es una tendencia que se manifiesta en los servicios: el 64% de los internautas usa Google Chrome, el 92% usa Google como su motor de búsqueda, Facebook tiene más de 2900 millones de usuarios, y los ingresos de Amazon alcanzaron los 280 mil millones de dólares en 2019. Los servicios están tan concentrados que la caída de uno de ellos causa estragos en las comunicaciones globales.

¿Cuál es el impacto de esta concentración sobre el debate público y la democracia? Pensar en la infraestructura tecnológica es central para el funcionamiento de las sociedades. Si se relega el modelo de desarrollo tecnológico exclusivamente a un puñado actores, sean del sector privado o público, la libertad de expresión estará amenazada. Este es un debate medular en tiempos de calma y en tiempos de crisis, como la surgida con la pandemia de la Covid-19 lo es aún más, porque de eso depende la capacidad de la ciudadanía de seguir conectada.

Las radios comunitarias pueden perfectamente contar con una infraestructura digital propia que responda a sus necesidades. Muchas ya gestionan sus servidores web o se han aliado a organizaciones comunitarias para desplegar redes autónomas de Internet o intranets.

Caso: redes autónomas de telefonía móvil

La telefonía móvil y el acceso a Internet todavía no son una realidad cotidiana para gran parte de la población del sur Global. Sin embargo, muchas comunidades han asumido la tarea de desplegar redes de telecomunicaciones en sus territorios. Si las grandes compañías no ven un negocio rentable en conectarlas, las comunidades asumirían ese reto ellas mismas.

En países como México, Colombia, Brasil o Argentina se han instalado redes comunitarias de telefonía celular, Internet e intranets. Las comunidades ponen a disposición sus conocimientos y fuerza de trabajo, y se asocian con organizaciones que aportan el conocimiento técnico, como REDES A.C., Rhizomatica, Colnodo o AlterMundi. Entre ambas inician un proceso en el que la propia comunidad reflexiona sobre sus necesidades de comunicación y sus capacidades para cubrirlas.

En muchas ocasiones las radios comunitarias han jugado un rol importante en los procesos de redes comunitarias. O porque los impulsan, porque ofrecen sus instalaciones o simplemente porque son parte de la comunidad y, como tales, se involucran en su desarrollo. La reivindicación histórica de las radios comunitarias de “ocupar el espectro radioeléctrico” adquiere ahora otro sentido con las telecomunicaciones comunitarias.

Durante la pandemia de Covid-19, varias comunidades colombianas quedaron completamente aisladas. Gracias al acceso a la telefonía móvil a través de sus redes comunitarias, los ciudadanos de Maní, Casanare, por ejemplo, no sólo mantuvieron el contacto con sus familiares sino que pudieron hacer “pagos de servicios por medios electrónicos, hacer sus pedidos de mercado a domicilio y proveerse de todos los insumos sin tener contacto físico con otras personas”.

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